miércoles, 18 de noviembre de 2009

IDEARIO

EL MEXICO DE HOY

Estamos viviendo hechos inéditos para tres o cuatro décadas atrás: aparición de cárteles de la droga y su secuela de asesinatos, corrupción y un aumento sin precedentes de drogadicción; aumento alarmante de suicidios; detonación de una ola de violencia en general pero agravada en mujeres y niños; abuso sexual de niñas y niños; secuestros y asesinatos; altísimo grado de desempleo. Por si fuera esto poco, se han recrudecido problemas añejos como la pobreza, desnutrición, ignorancia…Aunado a lo anterior y debido al “progreso” en las ciudades (falso, irresponsable y desordenado crecimiento) padecemos contaminación de toda índole, escases de agua y alimentos, déficit de viviendas,…La salud se ha deteriorado, principalmente en lo mental: conductas irascibles de la gente, depresiones, esquizofrenia…

¿Qué ha pasado? ¿Por qué? No es fácil encontrar respuestas concretas. ¿Quién es el culpable? Tampoco se puede señalar fácilmente.

Los cuestionamientos anteriores me traen a la mente dos nombres, Lope de Vega y su obra Fuenteovejuna ¿por qué será? Recordemos el tema de la obra de teatro del mismo nombre: “levantamiento del pueblo contra el abuso de poder del Comendador”. En la obra, el pueblo no se propone cambiar el sistema social y económico, en nuestro caso es muy probable que si, sólo busca justicia, decide tomarla y aplicarla por propia mano. Los cuestionamientos planteados anteriormente se asemejarían a lo siguiente: ¿Quien fue?; Fuenteovejuna, señor; y quien es Fuenteovejuna; todos señor”.
 
Pero veamos que dicen los analistas políticos de México. Trataremos de encontrar pistas que nos ayuden a entender realmente el problema.

Analistas políticos como Ana María Magaloni, profesora e investigadora de la División de Estudios Jurídicos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), después de hacer un diagnostico sobre lo que piensan los mexicanos acerca de la situación actual (su semblante es triste; no creen en la política ni en los políticos y mucho menos en el modelo económico. La desesperanza se escucha en el transporte público, en las pláticas de café y puede leerse en los chats. Aseguran que nuestro país agoniza. Los ciudadanos padecen un cuadro agudo de desencanto, de enojo, de apatía, de desconfianza y de desesperanza).
 
El remedio, coinciden los estudiosos, es uno solo: o cambia el modelo económico y se replantea el papel del Estado o la situación terminará en un fondo de consecuencias inimaginables.
 
Pero ¿cómo llegamos a esta situación? La mayoría de los analistas considera que el Estado y sus instituciones no han respondido a las necesidades y expectativas de la mayor parte de la población y el gobierno se ha centrado en satisfacer los requerimientos de una élite, a la cual también se le agotaron los privilegios, pues el sector empresarial también comienza a hacer sus reclamos. Gerardo Esquivel, profesor investigador del Centro de Estudios Económicos de El Colegio de México (Colmex) y doctor en economía por la Universidad de Harvard, dice que la salida de la crisis es aún distante y que los indicios de recuperación son frágiles.
Agrega que en este contexto se desaprovechó un capital social muy importante para el desarrollo del país como lo es la juventud, que se está sumiendo también en el desencanto.
"Nos encontramos en un momento de transición demográfica en el cual los jóvenes han alcanzado máximos históricos en su participación dentro de la población total y en la fuerza de trabajo. Paradójicamente ni el Estado ni la sociedad parecen haberse percatado de la trascendencia de esta circunstancia crucial para el futuro del país", dice.

De esta manera, en las familias mexicanas sucede que los padres pierden su empleo y los jóvenes no encuentran dónde colocarse.
Las consecuencias sociales de esos errores políticos son visibles en las estadísticas. La tasa de suicidios aumenta gradualmente desde 1990. En ese año, la tasa de personas que se quitaron la vida fue de 1.6 por cada cien mil individuos. En 2006, último año con el que se cuenta registro, la tasa fue de 3.2. Según el Instituto Mexicano de la Juventud y el Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, hace 30 años, quienes más se suicidaban eran adultos mayores, ahora la situación se revirtió. El 28.6% de los intentos se concrentra en la población de entre 15 y 19 años y 16.6% de los suicidios consumados son de jóvenes de entre 20 y 24 años.

El consumo de drogas también aumentó. La Secretaría de Salud reporta que en los últimos nueve años la drogadicción aumentó 50%.
En 2002 había 158 mil personas adictas en el país y ahora son 307 mil.
Otro dato que habla de la violencia detonada por el incipiente nivel de vida, entre otros factores, es la delincuencia, la cual, año tras año, según la Secretaría de Seguridad Pública federal, se incrementa 2% e involucra a cada vez más jóvenes y mujeres.

Ana María Magaloni, investigadora del CIDE, dice que México llegó al límite porque es evidente que los beneficios del régimen democrático sólo llegaron a una parte de la población y no a la mayoría. Para ellos, para la mayoría de la población que no forma parte de la élite privilegiada, el hecho de que haya llegado el PAN a Los Pinos no significa nada porque no hay un beneficio tangible como ciudadanos y siguen siendo simples gobernados, opina.

La Encuesta Nacional sobre Cultura Democrática y Prácticas Ciudadanas 2008, hecha por la Secretaría de Gobernación, revela que 51.8% de los mexicanos cree que México no vive en una democracia y 34.2% está poco satisfecho con el sistema.
El 35.6% de los encuestados dice que confía poco en el Presidente y 14.6% no confía nada. Pero es peor el rechazo cuando de partidos políticos se trata, pues 35.6% de plano no tiene ninguna confianza en ellos.
Además, 48.5% dijo que estamos más cerca de un gobierno que impone, en lugar de uno que consulta y 78.6% prefiere que el gobierno intervenga lo más posible en la solución de los problemas de la sociedad.

Javier Oliva Posada, académico de la UNAM y especialista en sistema político mexicano, considera que México está cercano a la disfunción estructural y padece una severa elevación de los niveles de tensión.
Esto como consecuencia de las ineficiencias en la impartición de justicia en el país, a la incapacidad de los gobiernos para cumplir con los compromisos que asumen ante la sociedad, a la aparición de patologías sociales tendientes a la destrucción y deterioro del tejido social y en general, añade, a la ausencia de un proyecto de nación y de un pacto que sobrepase la agenda electoral y el análisis de la coyuntura.
El especialista destaca que la falta de proyecto en una empresa, por ejemplo, denota desinterés respecto del destino y consecuencias de las decisiones tomadas, pero en materia política la cosa es mucho más seria, pues implica el futuro de millones de personas y de los recursos e instituciones del país.

La crisis institucional tiene sus más altos niveles y sus más críticas consecuencias en el aparato de justicia.

Gerardo Esquivel, académico del Colmex, asegura que a la extrema vulnerabilidad económica se suma la crítica realidad de inseguridad pública en el país. Esta sensación de temor constante por la inseguridad propia y de las personas cercanas es una manifestación nítida de pérdida de bienestar y calidad de vida, dice el especialista.

Ana María Magaloni, del CIDE, considera que parte del desencanto de la población mexicana obedece a que temas tan cruciales ahora como el acceso a la justicia, han quedado fuera de la agenda de los partidos políticos.

Tenemos un sistema de justicia mediocre al que sólo accede un sector privilegiado y la mayoría no. La población se debería amparar cuando no hay un pizarrón en la escuela de su comunidad, cuando no hay un médico o, en casos extremos de detención arbitraria, pero la mayoría, 90%, no tiene acceso a ese derecho y en lugar de garantizarlo, las reformas pretenden engrosar aún más este aparato ineficiente, dice.
La especialista insiste: Este modelo ya está desgastado y cuando hay tanto desencanto es momento de un cambio, el cual debe venir desde la sociedad, no de los políticos... Esta crisis no puede ser infinita, es momento de un reajuste que esperemos que no tarde tanto porque esa apatía hacia lo público no es buena en términos de la construcción del país que queremos.

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lunes, 16 de noviembre de 2009

¿ORDEN FRAGIL?

Conviene pensar cuanto invertimos en energía y tiempo en ordenar u organizar el espacio que nos rodea. Ese espacio que pertenecía a la naturaleza, por algún motivo nos lo hemos apropiado y transformado en una segunda naturaleza protectora, organismo o cuerpo orgánico, dotado con nuestra propia identidad, individualidad y cualidades sensoriales, donde las dimensiones tangible y subjetiva se enriquecen mutuamente produciendo una sensación en perfecta armonía con la forma resultante, dando origen a un ámbito humanizado individual, que incluye al orden objetivo y subjetivo. Esta segunda naturaleza protectora o cuerpo orgánico no es prototipo para todos los seres humanos, todo lo contrario, es un producto particular que responde a un ser individual, que vive y contempla la realidad según sociedad, cultura, historia, geografía, etc., a la que pertenece. De acuerdo a esta heterogeneidad y aceptando que primero se piensa y después se habita, concluimos que las cosas se ordenan primero en la mente y después se trasladan y confrontan con la realidad.

La acción de ordenar un espacio para convertirlo en un lugar propio que refleje nuestra forma de vivir en el mundo, conlleva dotarlo de alma, de sentimientos, en otras palabras tendemos a humanizarlo; consciente e inconscientemente nos hacemos dependientes de él. Aquí aplica la teoría del espejo, empezamos haciéndolos a nuestra semejanza y acabamos siendo producto de ese ámbito.

Si bien lo anterior se aplica a todos los lugares que frecuentamos con cierta asiduidad, es la casa el lugar metafórico de nuestra identidad donde escenificamos nuestra verdadera vida, o al menos lo más íntimo. Habitamos ese mundo rodeados de objetos a los cuales les depositamos día tras día nuestros secretos, nuestras costumbres y vicios, en fin, nuestra identidad. Los hacemos partícipes de nuestras alegrías y tristezas; se dice que si hablaran que cosas no contarían de nosotros.

Sin embargo ordenar los objetos en la casa no es cosa fácil como aparenta ser. Decíamos que la casa es el lugar metafórico de nuestra identidad, no sólo porque cada gesto o actitud que expresa un estado de ánimo, se carga en forma casi inadvertida, de una serie de significaciones simbólicas que no son de inmediato transparentes y fáciles de comprender, sino sobre todo, porque lo verdaderamente trascendente supera la trama, esa urdimbre tejida casualmente por los gestos, actitudes, rasgos, etc. En efecto, ordenar la casa tiene que ver con los fundamentos mismos de nuestro ser-en-el-mundo.

Al comentar un fragmento de Martín Heidegger en el que ser significa habitar en el mundo, Ernesto de Martino (1908-1965. Filósofo, antropólogo e historiador italiano. “Angoscia territoriale e riscatto culturale nel mito”.Edit. Boringhieri, Turín.1973) ve en el acto mismo de ordenar, una forma de aterruñamiento (trozo de tierra donde se ha nacido, se trabaja y donde se vive) que hace del mundo algo familiar en que reconocerse. Si esto es verdad, ordenar la propia casa es una manera en que el sujeto se radica en el mundo, lo habita, y en cierta medida lo funda, en el sentido de que se lo apropia al interiorizarlo y, al mismo tiempo lo coloniza al proyectar una parte de su vida en el. Por lo tanto el mundo, la realidad, es reabsorbida en el interior de un proyecto arquitectónico que lo valoriza rescatándolo de su entidad de datos, datidad, y transformándolo en un cosmos ordenado. Pues bien, podemos decir entonces que, ordenar la casa es un acto ontológico, porque a través de nuestras características o aspectos inteligibles, captamos y encontramos, en calidad de seres, cotidianamente el mundo. Resulta entonces que el orden es lo que une al sujeto con el mundo objetivo, constituyéndose en el fundamento original de una relación sujeto-objeto que libera a ambos de su inevitable contingencia, haciendo de uno garante del otro.

Este fundamento original lo podemos explicar de la siguiente manera: nuestra experiencia cotidiana del espacio se organiza dentro de este fundamento, que no es el espacio homogéneo y neutro de la geometría euclidiana, indiferente a nosotros y a nuestro actuar, sino que corresponde más bien al interior de una atmosfera, un ambiente o mundo de utensilios y significados, estrechamente aptos para convivir uno con otro, una especie de domestización (de doméstico), en la que el actuar instrumental y el actuar comunicativo tejen una red de relaciones entre nosotros y el espacio que nos rodea, hasta transformar a este último en una extensión de nuestro organismo, como lo define Edward Hall. O con nuestras palabras, el espacio se vuelve nuestro cuerpo inorgánico.

Al espacio doméstico (de casa) le asignamos una serie de funciones variadas según la manera en que se lo ordene y que corresponda a nuestra forma de vida, sociedad, cultura y geografía en: descanso, dormir, comer, preparar alimentos, etc. El problema es que no siempre o casi nunca somos nosotros quienes conducimos y decidimos lo que queremos realmente; quien lo decide son esas reglas invisibles, códigos y lenguajes escritos por otros para manipular y dirigir nuestro pensamiento y comportamiento. Por lo tanto ese orden humanizado del que tanto se habla y en el cual vivimos, se pone en tela de juicio bajo los siguientes argumentos: casi todos los objetos arquitectónicos construidos, incluyendo el amueblado, al instante de ser habitados inicia también su proceso de transformación que durará toda la vida del habitador. La relación de dos organismos, el humano y el humanizado es consustancial, connatural, un cambio de uno origina un cambio en el otro; el orden tiende al desorden para dar origen al nuevo orden. Si esto es cierto, el orden al que nos hemos estado refiriendo, es un orden frágil, propenso a ser destruido.



sábado, 14 de noviembre de 2009

EL LUGAR DEL HOMBRE

                            En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver
 Jorge Luis Borges, “El Aleph”


Mientras caminaba, miraba a un lado y otro de la calle, tratando de decidir la dirección a tomar, veía las fachadas de tiendas, edificios, taxis, camiones, y gente, mucha gente moviéndose como si fueran en la cresta de una ola, todos con un destino al que llegar. Aquel flujo era placentero y nadie se detenía, se perdían en el vacío de la ciudad. Durante mi largo periplo, como Ulises, experimente varias sensaciones en distintos espacios y descubrí sus diferencias. En unos el tiempo baño sus muros, sus vacíos, sus paisajes, impregno de historias, de afectos, de memorias, de hechos sucedidos en, y con el tiempo: EL LUGAR, espacio con movimiento, espacio arquitectónico que incorpora la dimensión del tiempo humano y la pertenencia; es nuestro auténtico patrimonio. Pero hubo otros espacios, sin tiempo, estáticos: EL SITIO, sólo construcción, espacio sin historia, en espera de tiempo humano.

El ritmo a que nos hace vivir la ciudad, nos fragmenta el tiempo para asignarlo a diferentes actividades, y ello repercute en nuestra relación con la posibilidad de crear afectos que cualifiquen el lugar. El tiempo, puede convertirse, fácilmente, en un bien de consumo. Usar y tirar, sin dejar huella, sin vivirlo, sin historia que contar.

Tanto la dimensión del tiempo, como la del espacio, no son las mismas en un niño que en el adulto. Para darse cuenta, no hay más que recordar nuestra infancia donde aparecen esos veranos larguísimos, en los que hasta se crecía mucho, aquellas vacaciones que daban tiempo a tantas cosas. Luego, los años se pasan sin darse cuenta.

Aparte de esa diferencia de escala que separa la percepción del tiempo entre la infancia y la madurez (donde ya el tiempo se nos va entre lo dedos), conviene recordar también que, además, el tiempo es elástico. Quiero decir con ello, que se estira y se encoge, y un mismo minuto medido de reloj, a veces se nos hace eterno, y otras se esfuma casi sin captarlo, ya seamos niños o mayores. Todo ello tiene mucho que ver con la configuración de los espacios, LOS LUGARES y sus problemáticas socioeconómicas, psicofísicas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

LA CAJA DE PANDORA


Ningún mito nos es más familiar que el de Pandora, pero quizá ninguno ha sido tan mal comprendido. Pandora es la primera mujer, la maldad hermosa; abre la caja prohibida de la que surgen todos los males de que la carne es depositaria. Sólo queda la esperanza. La caja de Pandora es proverbial, y esto es lo más significativo desde el momento en que jamás tuvo caja alguna. Erwin Panofsky1 aplica en La Caja de Pandora, aspectos cambiantes de un símbolo mítico (Barral, Barcelona, 1975) su monstruosa erudición a desentrañar los misterios de este funesto encanto, azote de los mortales, y a seguir su ruta en el laberinto de sus representaciones artísticas. Llámese iconología la ciencia que practicara el sabio alemán (1892-1968). La iconología es la ciencia de ver, comprender, penetrar en los significados de las artes (singularmente las artes plásticas); forma parte de la historia del arte o, si se prefiere, es una forma de hacer historia del arte. Panofsky se detiene frente a un cuadro y lo sabe leer, descifrar, conoce un lenguaje que nosotros, los expulsados del paraíso de la erudición, ya ignoramos. Ante un grabado en el que el vulgo aprecia una rara mujer que sostiene entre sus manos un pájaro deforme, Panofsky ve a la Esperanza con el cuervo, su ave heráldica, que grita cras, cras, mañana, mañana. Al leer a Panofsky nos acercamos al mundo de los supuestos (de lo que Ortega y Gasset llamaba lo consabido), de todo eso que es obvio para el artista e inusitado y extraño para nosotros, en que parcialmente se sustentan las obras de arte. La trama de los supuestos representa sistemas de creencias, modos de ordenarlo todo, formas enteras de vida: el cuadro nos remite a algo más vasto, a la cosmovisión del artista y por ella nos asomamos a una época entera, semejante y distinta a la nuestra. La ciencia de Panofsky sólo es posible a partir de una erudición bien organizada, capaz de atar todos los cabos, de ser útil y penetrante. No es la menor de las alegrías de su lectura la comprobación de que los datos precisos pueden cobrar vida y ser indispensables cuando los ordena una mente lúcida. Como mínima muestra considérese un argumento de Panofsky en relación a la invención de la Caja de Pandora. Las versiones griegas del mito debidas al viejo Hesíodo y a Babrio (popular poeta que nos obliga a consultar el manual de literatura griega) no mencionan ninguna caja; se habla de un recipiente de los males, pero es una vasija muy grande llamada pithos (dolium en latín) cuya transportación equivaldría a ir de visita a la casa de nuestro profesor de chino cargando un garrafón de agua electropura. El origen del error está en el renacimiento (es bonito el juicio las obras de Hesíodo no fueron asequibles en latín hasta 1471, ni antes ni después). Durante un tiempo se pensó que el culpable de la caja era el sabio Lelio Gregorio Giraldi (otra vez el manual de literatura), pero no, pronto se aclaró que el verdadero responsable de todo fue nada menos que Erasmo de Rotterdam. En un texto donde Erasmo fijo la leyenda de Pandora tal como la conocemos, reemplazo la palabra pithos por la voz pyxis, recipiente pequeño, caja; un error lo comete cualquiera, es cierto, y este dio como resultado el nacimiento de la Caja de Pandora. Aunque la verdad es que la descuidada lectura de Erasmo fue un cierto poético e iconológico indiscutible que nos permite ver a la dulce muchachita (Pandora significa dotada de todo) con la cajita de desgracias y calamidades en las manitas trémulas y curiosas.

(1) Erwin Panofsky (1892-1968). Historiador y critico de arte alemán. Su vasta erudición le permitió analizar la creación artística: desde la iconografía (la forma) y la iconología (contenido); la evolución del poder creativo del hombre a través del tiempo y de las culturas.



lunes, 9 de noviembre de 2009

ENTROPIA

La entropia es una dirección y una medida. Es una medida del desorden, y es la dirección hacia donde se dirigen todas las cosas. Lo podemos ejemplificar al agitar un recipiente con diferentes objetos, estos se dirigen en la dirección del desorden, es decir, alcanzan un estado máximo de entropía. Conviene apuntar que el desorden se puede explicar en términos de probabilidad; el estado más desordenado es el más probable. En el ejemplo anterior, lo más probables es que los objetos se ordenen aleatoriamente y lo menos probables es que vuelvan a su orden original, aun haciendo el intento millones de veces.
Conviene saber que el desorden se consigue más fácil y rápidamente que el orden: se requiere más tiempo y un grado de dificultad mayor para construir una casa que para demolerla; lo mismo se puede decir de la preparación de un alimento y posterior consumo…
Me he preguntado si realmente se logra el orden alguna vez. Esto me lleva a pensar en los tipos de sistemas, por ejemplo, sistemas cerrados como el universo. Bueno, aprovecho para imaginar que deseos tiene, si es que tiene, el universo, tal vez quiera relajarse en el desorden. Bueno esto me da una pauta para contestarme sobre si se logra alguna vez el orden: se logra a costa del desorden en algún otro lugar.
Los científicos comúnmente piensan en términos de sistemas cerrados, como el universo. Otro ejemplo de sistema cerrado sería una hilera de libros en una repisa de una biblioteca, la cual puede tener un orden definido. La pregunta sería como y quien lo ordenó así. Podría haber sido yo o algún otra persona. No importa quién lo hizo, lo que podemos asegurar es que consumieron energía, creando desorden: los alimentos ordenados, con que se alimentaron, fueron descompuestos en el cuerpo, excretados y consumidos en el acto de trabajar. O sea se causo desorden en otro lado, por lo tanto se alcanzo cierto grado de entropía.
Los sistemas más altamente ordenados son los sistemas vivos. Un organismo vivo necesita estar perfectamente bien ordenado para poder sobrevivir. Por ejemplo. El desorden en las células es sinónimo de que existen células cancerosas; cuanto más desorden exista en las células, el diagnostico de cáncer en más seguro.
La naturaleza y las implicaciones de la entropía quedan establecidas en las tres partes de la famosa segunda ley de la termodinámica.