lunes 16 de noviembre de 2009

¿ORDEN FRAGIL?

Conviene pensar cuanto invertimos en energía y tiempo en ordenar u organizar el espacio que nos rodea. Ese espacio que pertenecía a la naturaleza, por algún motivo nos lo hemos apropiado y transformado en una segunda naturaleza protectora, organismo o cuerpo orgánico, dotado con nuestra propia identidad, individualidad y cualidades sensoriales, donde las dimensiones tangible y subjetiva se enriquecen mutuamente produciendo una sensación en perfecta armonía con la forma resultante, dando origen a un ámbito humanizado individual, que incluye al orden objetivo y subjetivo. Esta segunda naturaleza protectora o cuerpo orgánico no es prototipo para todos los seres humanos, todo lo contrario, es un producto particular que responde a un ser individual, que vive y contempla la realidad según sociedad, cultura, historia, geografía, etc., a la que pertenece. De acuerdo a esta heterogeneidad y aceptando que primero se piensa y después se habita, concluimos que las cosas se ordenan primero en la mente y después se trasladan y confrontan con la realidad.

La acción de ordenar un espacio para convertirlo en un lugar propio que refleje nuestra forma de vivir en el mundo, conlleva dotarlo de alma, de sentimientos, en otras palabras tendemos a humanizarlo; consciente e inconscientemente nos hacemos dependientes de él. Aquí aplica la teoría del espejo, empezamos haciéndolos a nuestra semejanza y acabamos siendo producto de ese ámbito.

Si bien lo anterior se aplica a todos los lugares que frecuentamos con cierta asiduidad, es la casa el lugar metafórico de nuestra identidad donde escenificamos nuestra verdadera vida, o al menos lo más íntimo. Habitamos ese mundo rodeados de objetos a los cuales les depositamos día tras día nuestros secretos, nuestras costumbres y vicios, en fin, nuestra identidad. Los hacemos partícipes de nuestras alegrías y tristezas; se dice que si hablaran que cosas no contarían de nosotros.

Sin embargo ordenar los objetos en la casa no es cosa fácil como aparenta ser. Decíamos que la casa es el lugar metafórico de nuestra identidad, no sólo porque cada gesto o actitud que expresa un estado de ánimo, se carga en forma casi inadvertida, de una serie de significaciones simbólicas que no son de inmediato transparentes y fáciles de comprender, sino sobre todo, porque lo verdaderamente trascendente supera la trama, esa urdimbre tejida casualmente por los gestos, actitudes, rasgos, etc. En efecto, ordenar la casa tiene que ver con los fundamentos mismos de nuestro ser-en-el-mundo.

Al comentar un fragmento de Martín Heidegger en el que ser significa habitar en el mundo, Ernesto de Martino (1908-1965. Filósofo, antropólogo e historiador italiano. “Angoscia territoriale e riscatto culturale nel mito”.Edit. Boringhieri, Turín.1973) ve en el acto mismo de ordenar, una forma de aterruñamiento (trozo de tierra donde se ha nacido, se trabaja y donde se vive) que hace del mundo algo familiar en que reconocerse. Si esto es verdad, ordenar la propia casa es una manera en que el sujeto se radica en el mundo, lo habita, y en cierta medida lo funda, en el sentido de que se lo apropia al interiorizarlo y, al mismo tiempo lo coloniza al proyectar una parte de su vida en el. Por lo tanto el mundo, la realidad, es reabsorbida en el interior de un proyecto arquitectónico que lo valoriza rescatándolo de su entidad de datos, datidad, y transformándolo en un cosmos ordenado. Pues bien, podemos decir entonces que, ordenar la casa es un acto ontológico, porque a través de nuestras características o aspectos inteligibles, captamos y encontramos, en calidad de seres, cotidianamente el mundo. Resulta entonces que el orden es lo que une al sujeto con el mundo objetivo, constituyéndose en el fundamento original de una relación sujeto-objeto que libera a ambos de su inevitable contingencia, haciendo de uno garante del otro.

Este fundamento original lo podemos explicar de la siguiente manera: nuestra experiencia cotidiana del espacio se organiza dentro de este fundamento, que no es el espacio homogéneo y neutro de la geometría euclidiana, indiferente a nosotros y a nuestro actuar, sino que corresponde más bien al interior de una atmosfera, un ambiente o mundo de utensilios y significados, estrechamente aptos para convivir uno con otro, una especie de domestización (de doméstico), en la que el actuar instrumental y el actuar comunicativo tejen una red de relaciones entre nosotros y el espacio que nos rodea, hasta transformar a este último en una extensión de nuestro organismo, como lo define Edward Hall. O con nuestras palabras, el espacio se vuelve nuestro cuerpo inorgánico.

Al espacio doméstico (de casa) le asignamos una serie de funciones variadas según la manera en que se lo ordene y que corresponda a nuestra forma de vida, sociedad, cultura y geografía en: descanso, dormir, comer, preparar alimentos, etc. El problema es que no siempre o casi nunca somos nosotros quienes conducimos y decidimos lo que queremos realmente; quien lo decide son esas reglas invisibles, códigos y lenguajes escritos por otros para manipular y dirigir nuestro pensamiento y comportamiento. Por lo tanto ese orden humanizado del que tanto se habla y en el cual vivimos, se pone en tela de juicio bajo los siguientes argumentos: casi todos los objetos arquitectónicos construidos, incluyendo el amueblado, al instante de ser habitados inicia también su proceso de transformación que durará toda la vida del habitador. La relación de dos organismos, el humano y el humanizado es consustancial, connatural, un cambio de uno origina un cambio en el otro; el orden tiende al desorden para dar origen al nuevo orden. Si esto es cierto, el orden al que nos hemos estado refiriendo, es un orden frágil, propenso a ser destruido.



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